Columnas de opinión

El activista y animalista Deiby Martínez revela qué se esconde detrás de quien maltrata a un perro

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Por Deiby Martínez Cortés, fundador de la Fundación Protección Canina Mundial

No es solo una piedra.

Ni una patada.

Ni una correa que arde en la piel de quien no puede hablar.

Quien maltrata a un perro no solo está hiriendo a un animal.

Está revelando lo más oscuro de sí mismo.

Su carencia. Su fractura. Su vacío.

Detrás de quien maltrata a un perro, se esconde una renuncia a la humanidad.

Una desconexión con lo sagrado.

Porque un perro no miente, no odia, no traiciona.

Un perro solo ama.

Y quien daña a lo que solo ama, ya no tiene alma.

Lo que la ciencia ya no calla

El maltrato animal no es un acto aislado. Es un síntoma.

Los psiquiatras lo saben. Los criminólogos lo documentan.

Detrás de cada golpe, de cada envenenamiento, de cada abandono…

hay un corazón endurecido, un ego que necesita sentir poder,

una mente que no distingue entre fuerza y crueldad.

Quien maltrata a un perro suele arrastrar traumas no resueltos,

trastornos antisociales, una historia personal donde el dolor fue normalizado.

Pero también —y esto es clave— toma la decisión consciente de dañar.

Y eso lo hace responsable.

No enfermo. No inocente.

Responsable.

Una violencia que se multiplica

Lo hemos visto en las cárceles, en los informes forenses, en las noticias:

quien maltrata animales suele maltratar personas.

Y quien es indiferente al dolor de un perro…

algún día será indiferente al dolor de un niño.

Por eso, cuando un perro es maltratado y la justicia calla,

la sociedad entera retrocede.

¿Qué clase de humanidad somos si permitimos esto?

La pregunta no es solo qué hace quien golpea.

La pregunta es qué hacemos los demás mientras eso ocurre.

¿Lo justificamos?

¿Lo ignoramos?

¿Seguimos pensando que “es solo un perro”?

Porque quien dice “es solo un perro” probablemente no ha sido salvado por uno.

Porque quien conoce el amor de un perro…

sabe que ese amor tiene más verdad que muchos discursos humanos.

Esta columna no es una queja. Es una acusación

Yo, Deiby Martínez Cortés, activista y animalista,

acuso a todo aquel que levanta la mano contra un perro.

Lo acuso de cobardía.

De crueldad disfrazada de superioridad.

De matar lo más noble que queda entre nosotros.

Y también acuso a los indiferentes.

A los que vieron y no hicieron nada.

A los que creen que el dolor se resuelve con silencio.

Porque un perro no es un objeto. Es un espejo

Un perro te mira sin juicio.

Te espera aunque llegues roto.

Te lame las lágrimas sin saber por qué lloras.

Un perro no entiende tus pecados, pero igual se acuesta a tu lado.

¿Quién golpea eso? ¿Quién abandona eso?

Solo alguien que perdió la brújula del alma.

Y quien pierde eso, se convierte en riesgo.

Para todos.

Una última imagen, un último llamado

Cuando un perro es maltratado,

es la ternura misma la que sangra.

Es la infancia del mundo la que tiembla.

Es la bondad la que queda en el suelo, lamiéndose las heridas.

Por eso esta columna no es solo denuncia. Es también esperanza.

De que aún podemos construir una sociedad que ame lo que no habla, lo que no exige, lo que solo da.

Y si alguna vez dudamos de nuestra especie,

miremos a un perro.

Ellos aún creen en nosotros.

No los defraudemos más.

Deiby Martínez Cortés, activista

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